
De mi niñez no recuerdo nada. Solo tengo células muertas en la parte de mi cerebro donde deberían estar las memorias de las pueriles e inocentes travesuras, que supongo, algún día hice o planeé. Es por eso que tengo la pequeña sospecha que soy un androide, al cual alguien construyó, programó y abandonó a la deriva en un mar de mierda y sangre. No soy más que el producto de un juego, un juego de niños, un juego de dioses, un juego de niños jugando a ser dioses. Soy una maquina orgánica, manufacturada con un poco de barro y tuercas, y soplado con el poder de la imaginación que solo la mente de un infante puede generar. Y digo la imaginación de un infante en el sentido más literal posible, pues he comprobado que eso es dios. Un niñito. No es más ni menos que el niño resentido de la cuadra. Ese mismo niño rico y caprichoso que sufre de problemas emocionales causados por sus tristes padres, que en el afán de suplir la carencia de cariño por pasta, terminan convirtiendo al pobre crío en una proyección colectiva de miedo, el mismo que esclaviza miles de personas a ideas pendejas como la de manes viviendo en las nubes, jugando con marionetas de trapo todo el día. Suena ridículo, pero más de la mitad de un planeta cree en algo parecido, así que espero no se burle y le tenga más respeto a mis ideas que yo no me rio cuando usted se levanta los domingos a perder las dos horas más sagradas para el hombre. ¿Sabe qué? Le voy a explicar mejor de la única forma en que yo puedo, contándole una historia, pues me imagino amigo mío que ya se estará preguntando que ingerí antes de escribir estas líneas, y le aclaro que solo ingiero tinto antes de escribir, pues no hay nada mejor para sentarse a escribir cháchara que el delicioso y reconfortante aroma de un trago de tinto y el humeante vapor que emana su hirviente superficie. Hedor que atrapa, enamora y asesina. Pero bueno, aquí el punto de discusión no es mi amor por el café, sino que usted entienda mis palabras cuando le digo que dios es un niño, un niño resentido que me jodió la vida y la de mi parcero phali.
Y la historia comienza el día en que conocí a mi parcero, del cual no me separe un solo día desde que lo conocí. Fue el día que Phali cumplió 18 años y por razones de la vida terminamos conociéndonos en un café, pues fueron nuestras debilidades por el tinto y las viejas ricas las que nos terminaron poniendo juntos. Así es, yo conocí al viejo Phali una semana antes de que la cucha lo dejara solo y con plata. Y fue esa perdida la que me llevó a vivir a la casa del compadre, pues Phali necesitaba con urgencia alguien que reemplazara el aturdidor silencio que inundaba y se devoraba cualquier esperanza en aquella lúgubre morada. Phali es mi mejor amigo, podría arriesgarme a afirmar que es la parte que me complementa si no fuera porque es un maldito beato, miedoso de perder la fé, irrisoria y falsa sensación que lo sujeta a esa estúpida idea de mundos transmundanos. Es esa diferencia de pensamientos las que nos ponen a reflexionar sobre nuestras vidas y si la religión es algo necesariamente real o algo realmente necesario para el hombre. Si hubiera sabido que esas discusiones no le iban a traer nada bueno a nuestras vidas, las hubiera evadido, pero en mi afán profesarle al mundo y sobre todo a mi religioso mejor amigo, la muerte de dios y el triunfo del hombre, terminé cagandome la vida y la de él, pues el viejo llegó a la conclusión que no había nadie que lo hiciera pagar por sus lujurias y pecados, que todo lo que hiciera acá, acá se iba a quedar y que tal cosa como la justicia divina, simplemente no existe. Fue esa misma maldita idea la que lo llevó a llevarse por delante la pinta que le manchó su pasado judicial y por ahí derecho el mío. Ahora estamos en suiza, escondiéndonos, pues en Cali nos cantaron la tabla y le pusieron precio a nuestro cogote, pues la pinta con la que cargó Phali andaba muy bien de amistades que no les interesaba dejar en la impunidad el deceso que corrió por cortesía suya aquella noche de lúcida acidez.
El fin de esta historia, comienza con estas últimas palabras, pues mi amigo y yo nos hemos alejado lo suficiente del sendero que se suponía debían tomar nuestras vidas y es sensato y necesario que estos dos destinos convergentes sean suprimidos en este preciso momento. Por ahora no le doy más detalles del fin, pues no vaya y sea que usted se me adelante y me ponga a la víctima en sobre aviso y ya no seamos dos los muñecos, sino tres.
